Esta es la historia de una mujer que entró en un café ubicado en la esquina de González y Godiva. El café no era particularmente famoso o muy concurrido, sólo era un café más, con una ubicación un poco pobre. Tampoco era un café que se distinguiera por algo en peculiar, quizás solamente, el hecho de ser sólo un café más perdido en el centro de una colonia metropolitana. Al entrar, la puerta golpeaba una pequeña campana que hacía que la mesera pusiera atención en el cliente que acababa de entrar.
Esta es la historia de una mujer intranquila que entró en un café buscando un refugio para evadirse de ella misma. Buscó la mesa más apartada de todas, donde pudiera sentarse tranquilamente y por fin, poder fumarse un cigarro. Pidió un capuchino y un cenicero y comenzó su primer cigarrillo. Se sentó cerca de la ventana donde podía observar como la gente pasaba sin prestarle atención. Quizás por eso se sentía intranquila, saber que el mundo podría seguir adelante sin ella. Y saber que para la única persona en ese momento que le podría interesar su existencia, acaba de marcar y ella no le había contestado.
Esta es la historia de una mujer sumida en sus pensamientos, que observaba el número de las últimas llamadas perdidas y al cuál no se atrevía a responder. Recordaba cuando soñaba cómo sería su vida a sus veintisiete años, habría conocido al hombre ideal y con él hubiera tenido su boda soñada, vestida de blanco y con su familia a su lado. Pero también recordó, como se había enamorado del hombre equivocado y cómo se había escapado de su casa. Recordó la forma tan abrupta de abrir sus ojos al mundo y de ver todos sus sueños desvanecidos. Recordó cómo creyó haber encontrado el amor por segunda ocasión y las subsecuentes desilusiones con cada hombre que creía ideal. Recordó el cómo se había vuelto una mujer fría desilusionada del amor. Y junto con sus recuerdos, se esfumó su primer capuchino.
Esta es la historia de una mujer que recordaba sus últimos meses con su segundo capuchino, lo sorbía lentamente al igual que recordaba con precisión, como había conocido al dueño de ese número de celular que tanto le había llamado. Recordó como poco a poco lo había conocido y como es que en poco tiempo, se había vuelto su mundo. Al limpiar la espuma de sus labios sintió no el rozar de la servilleta, si no el sentimiento de amor. Sintió el miedo de volver a creer en alguien y sentirse decepcionada.
Esta es la historia de una mujer que fumaba un cigarrillo en la espera de su tercer capuchino, observaba dos mesas adelante, una pareja de novios que hablaban animosamente mientras se agarraban de las manos. Veía el brillo de sus ojos, un brillo que sólo tienen las personas enamoradas. Veía como ambos se escuchaban con emoción y no esperaban impacientes su momento de hablar, si no el momento en que el otro hablara. El fuego del cigarrillo en sus dedos hizo que volviera la vista a la ventana y a volver a sentirse sola. Sola en un mundo que no era para ella, que había dejado de serlo hace mucho tiempo. Observó como su celular desplegaba una llamada más de él, aquél hombre que le había dicho toda las frases de amor que aún no se habían dicho sobre la tierra.
Esta es la historia de una mujer que espera su tercer capuchino mientras apaga la colilla de un cigarrillo en un cenicero. La historia de una mujer que recordó la hermosa historia de un príncipe en un galante corcel blanco y una princesa atrapada por el monstruo de su pasado. Una historia que fué la de ellos y que no tuvo un final feliz. Aún sonaba en su cabeza al encender otro cigarrillo la frase que había terminado con todo: “Tu quizás creas que yo soy tu mundo, pero tú no eres el mío”. Recordó la fuerza de contenerse las lágrimas y el valor para mantener el aplomo y que su voz no menguara al decir esa frase. Salió corriendo y las lágrimas impedían que viera claramente los escalones del edificio donde él vivía. Una lágrima escurrió por su mejilla y sólo pensó en el sacrificio, en decir: “El es mucho para mí y yo no lo valgo”. Pensar que era una mala mujer por las experiencias pasadas, por las traiciones cometidas y las acciones hechas anteriormente.
Esta es la historia de una mala mujer que esperando su capuchino, obtuvo su capuchino y un americano.
Esta es la historia de un hombre que caminaba por la calle de González con una sonrisa esbozada en su rostro. No era un hombre particularmente apuesto o con alguna gracia física que lo distinguiera. Al contrario, se podría decir que la única cualidad que tenía era la seguridad con la que caminaba y el porte que tenía. La seguridad era tal, que podría convencer a cualquiera de comprar hielo en Alaska.
Esta es la historia de un hombre que se dirigía a su café favorito, un café que le gustaba por el ambiente poco concurrido y la soledad de la barra. Un café que le gustaba por el sonido de la campana al anunciar su entrada triunfal en el café. Un momento que le agradaba porque quizás, por un único instante todas las miradas se concentraban en él.
Esta es la historia de un hombre que le gustaba sentarse en la barra a beber un americano con dos cucharadas de azúcar. Disfrutaba ser el único en la barra y desde su lugar, contemplar cada mesa del café. Mientras le daba su primer sorbo a su americano, pasó revista a todas las mesas del café. Una pareja de hombres discutían lo que posiblemente sería un contrato de un negocio mientras una nube de humo enfurecía más el ambiente. Cerca de ellos un hombre terminaba su almuerzo, sin prisas y disfrutando cada bocado que llegaba a su paladar. Volteo y observó a una pareja de novios agarrados de la mano que hablaban efusivamente de planes a futuro. Veía ese brillo en sus ojos que tanto le gustaba.
Esta es la historia de un hombre que disfrutaba su americano con una sonrisa esbozada en sus labios mientras observa a una joven pareja. Un hombre que con cada sorbo de su americano, su mente le trae recuerdos. Recuerdos de cada conquista que ha tenido a lo largo de su vida. Conquistas de muchachitas inexpertas que veían en el, al hombre de sus sueños. Mujeres que se admiraban de él y mujeres que se habían enamorado perdidamente de él. Pero con el último trago de su americano, vino el trago amargo. Recordó como en un tiempo, conoció a una chica de la cuál se había enamorado. Quizás la única con la que se sintió vivo, con la que se sintió feliz y alegre. Se reprimió por recordar a aquella mala mujer que tiempo atrás, le había hecho una mala jugada. Con la que hizo planes, con la que tenía una vida planeada. Un mapa que se puede trazar uniendo los recuerdos de él y de ella. Observó como la pareja quedaba en silencio y comenzaban a hablarse en un idioma que sólo entienden los enamorados, no se necesita escuchar para saber de lo que hablaban con ese silencio. Se decían aquellas palabras de amor dichas una y mil veces anteriormente por otros como ellos, que igual, se habían sentado en esa mesa.
Esta es la historia de un hombre galante que al voltear para pedir un americano, vió en la mesa del fondo de un café a una mujer cuya mejilla, era recorrida por una lágrima negra que arruinaba su rimel y que contrastaba con el tono pálido de su piel. La historia de un hombre que recorrió con la vista a aquella mujer con la mirada perdida en la ventana del fondo. Observó como el cigarrillo se iba consumando poco a poco entre sus dedos sin haberlo siquiera tocado desde que lo prendió. Y vió en el humo que desprendia el cigarrillo las memorias de otras lágrimas recorriendo las mejillas de aquellas mujeres a las cuales, les había roto el corazón. Un hombre que buscaba desesperadamente aquel sentimiento de estar enamorado del amor y que ese amor haya encarnado en carne. Un hombre al que nunca le había importado pasar sobre quien fuera con tal de llegar a ese fin. Un hombre que vió a través de ese humo a la encarnación del amor que tanto había buscado, volvía a sentir aquella emoción de creer que al fin, había encontrado el complemento a su mundo.
Esta es la historia de un patán que detuvo delicadamente la mano de la mesera al tomar un capuchino y levantarse lentamente de la barra, dirigiéndose lentamente a aquella mesa del fondo, sosteniendo un capuchino y un americano.
Esta es la historia de una mala mujer y un patán que la suerte (o el autor) quizo que se conocieron en la mesa del fondo de un café. Un café sin ninguna peculiaridad, un café poco concurrido y tranquilo. Un café que tenía en la puerta una campanita que sonaba cada vez que la puerta se abría.
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